Primero fue un dron de los narcos lanzando una granada desde el aire y matando a cuatro policías.Después, una emboscada en un morro donde decenas de narcos vestidos de combate que buscaban huir encontraron un muro de fusiles policiales.La imagen que recorrió el mundo sucedió un rato después, cuando amaneció: una hilera de más de cien cadáveres al aire libre, en una calle del complejo Penha, un entramado de favelas al norte de Río de Janeiro donde operaban los jefes del Comando Vermelho.La acción policial fue para detener a los jefes de la organización criminal, que funcionaban con la estructura de gerentes de una empresa: Doca, Grandao, Pedro Bala, Gardenal, BMW y Cantor Matador, entre otros.Pasó exactamente un año y Brasil define el domingo una elección clave con Lula y Bolsonaro empatados en las encuestas.Ninguno de los narcos prófugos de aquella operación fue capturado.El Comando Vermelho sigue firme en los complejos Penha y Alemao y continúa manejando el 60% de la criminalidad en Rio, según los fiscales del estado.El gobernador opositor a Lula que encabezó aquella redada dejó su puesto investigado por corrupción, pero los narcos siguen, imbatibles.El debate por la seguridad estuvo presente en toda la campaña con acusaciones cruzadas.Bolsonaro diciendo que el PT de Lula protege a los narcos y Lula respondiendo que Bolsonaro quiere declarar terrorista al narcotráfico para darle intervención a Estados Unidos y confiar la seguridad nacional a fuerzas extranjeras.A Lula no lo ayudaron algunas declaraciones sobre el tema: un día dijo que los narcos son víctimas de los consumidores porque, sin consumo, no habría tráfico.Hay paradojas notables en el fenómeno narco brasileño que anida en las anchas franjas de marginalidad y pobreza de Río -con el Comando Vermelho- y de San Pablo, con el Primer Comando Capital (PCC).Una de ellas es que los candidatos del PT pueden entrar a hacer campaña hasta el corazón de cada favela dominada por el narco y los candidatos de la derecha tienen la entrada prohibida.Pero cuando llega el escrutinio, gana la derecha.Acaba de suceder en Río con un candidato joven, hijo de un ex policía con fama de Rambo. “No pudimos ni asomarnos a las favelas Penha y Alemao durante la campaña. Era tierra prohibida para nosotros, pero después ganamos con comodidad”, cuenta a Clarín un prestigioso consultor político que armó la campaña del candidato liberal.“En Rio es al revés de lo que podría pensarse: en los sectores más acomodados, Ipanema, Leblón, zonas turísticas donde la inseguridad es menor, tienen más simpatías los candidatos de Lula. Pero en las favelas de los narcos y los sectores más pobres mide mejor Bolsonaro, quizá por la influencia de los pastores evangélicos que están alineados más con este candidato y en las favelas tienen un peso decisivo”.El silencio blindado en las favelas por el temor a la represalia narco hace explotar las encuestas.El candidato de la derecha, Douglas Ruas, medía 26 puntos y terminó sacando más de 50 para ganarle en primera vuelta a Eduardo Paes, que fue cuatro veces intendente de Rio y era el gobernador cantado apoyado por Lula.Pero Douglas Ruas es policía e hijo de un ex policía militar con fama de enfrentarse a los narcos cara a cara y esa imagen, más un duro discurso de tolerancia cero contra el delito organizado, le dio el triunfo contundente e inesperado.Ese caudal de votos “sorpresivos” ya jugó en una primera vuelta en la que Bolsonaro se impuso a Lula por poco, luego de que casi todos lo dieran abajo.Y es uno de los puntos donde miran ahora los analistas de cada búnker, en las horas previas a la elección clave de este domingo.
El inesperado factor narco en la elección crucial de Brasil
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