Persuadir. De eso se trata. Convencer, vender, ganar. En ese universo donde las marcas, los productos, las ventas y algunos tecnicismos en inglés cobran protagonismo, se mueven los personajes de El movimiento. El pasado no se detiene, obra escrita y dirigida por el dramaturgo argentino Javier Daulte que se estrenó en la noche del jueves.La Compañía Callejón desembarcó en el Teatro Nacional Cervantes y lo hizo con su tercer espectáculo. Una agencia de publicidad diseña una campaña y entra en rivalidad con la competencia. Cuarenta años antes, durante la Guerra de Malvinas, un soldado enviado al combate conoce a una modelo que intenta ayudarlo. Dos historias alejadas en el tiempo, sin punto de conexión aparente. Sin embargo, se amalgaman y se construye un universo que contiene todo.Hay paridad en el registro de las actuaciones; están en sintonía, aunque cada uno aporta el carácter que su personaje necesita. Hacer justicia es decir que los diez intérpretes -que asumen no solo su propio personaje, sino que también representan a otros- se destacan por sus composiciones. Pero también es distinguir la labor de Silvina Katz -en el papel de Claudia, una exmodelo que quiere reparar el pasado- que con su presencia escénica transforma el espacio.Divertida y reflexiva, la obra tiene mucho de una cosa y de la otra. El resultado: un equilibrio perfecto. Sin desmesuras ni golpes bajos. Un armonioso devenir de situaciones que serían inconexas si Daulte no las hubiera enlazado con la naturalidad con la que van uniéndose, para que el humor y la emoción fluyan sin hacerse sombra entre sí.Son varios, todos en busca de lo mismo. Al principio, no se sabe hacia dónde los conduce el movimiento. Pero pronto el rompecabezas se va armando, a medida de que van apareciendo piezas. Alguien trae información del afuera -más dudosa que cierta- y de a poco algo se va revelando. Se trata de un grupo de socios de una agencia de publicidad que están preparando una campaña, sin saber qué es lo que tienen que promocionar: ¿un producto, un servicio, una idea? ¿Un mundo mejor?También desconocen quién los contrató: se llama Claudia, pero en el inicio ignoran su apellido y su rostro. Y con esa incertidumbre y confrontando unos con otros, intentan definir qué es lo que van a hacer. Hay búsqueda, hay miedo, hay necesidad de encontrar lógica incluso donde no puede haberla.¿Todos para uno y uno para todos?Los diálogos y la dinámica de juego que instalan en el escenario van llevando a un entendimiento -que avanza sin demora- de la situación. Alguien puso la piedra fundamental sobre la que se erigió esta agencia de publicidad y ahora, cual mosqueteros, buscan ser todos para uno y uno para todos. Pero no siempre todos tiran para el mismo lado.Es una suerte de coro con distintas voces -se escuchan reproches, se hacen preguntas-, pero con individualidades bien marcadas, y en ese singular caos surge cierto orden; es en el devenir, en el movimiento de las cosas, que va apareciendo el sentido.Ellos son DeyDé y la competencia son los Müller. Claudia -después de haber estado en la agencia de los Müller- irrumpe en las oficinas de estos peculiares publicistas. Y con Claudia entra también la historia argentina. Una tapa de una famosa revista de 1982, en la que aparece una nota a la exmodelo -ahora sabemos que la misteriosa mujer fue modelo y su fama creció con una publicidad que protagonizó- trae la Guerra de Malvinas, sin nombrarla, a escena.La guerra y la publicidadEl cruce entre dos mundos, el pasado y el presente, la guerra y la publicidad, parece un encuentro imposible, pero sucede con una espontaneidad lograda desde el texto que convence -incluso más que cualquier publicidad-. A Claudia la afecta el recuerdo de esa época. Pero, ¿es un problema personal? Eso se pregunta uno de los publicistas. “Nada nos afecta a nosotros. Tenemos la piel de los termos Stanley”, dice uno de ellos, a quienes solo les preocupa “ganar la cuenta”.Hasta que en la escena cobra fuerza la historia. Y la frivolidad, el consumismo y la competencia desleal de los comerciales ceden terreno a la verdadera guerra, la que se cobra vidas, la que no debería existir. En ambas hay traición, pero una duele mucho más que la otra. Y es en ese momento, en el repaso de Claudia por su vida, de ese tiempo en que pudo haber ayudado a un soldado, cuando aparece el movimiento continuo. Algo se puso en movimiento en aquel entonces. Y todavía sigue. El pasado no se detiene. No hay manera de frenarlo. La conexión entre el pasado y el presente se impone en el escenario. Con fuerza, con la potencia de unos intérpretes capaces de mutar con la exigencia que cada personaje les pide.La obra no solo se llama El movimiento, sino que cuenta con una diseñadora de movimiento: la coreógrafa Vero Pecollo. En varios pasajes de la puesta suceden escenas coreografiadas con un estilo que cautiva, con música que convoca, con movimientos que significan. Se mueven entre el humor y el dolor, sin perder nunca los colores: desde lo visual y desde los matices que van apareciendo.La sala Orestes Caviglia del Teatro Cervantes es una sala pequeña, en la que se logra un clima intimista, por la proximidad entre el escenario y la platea de pocas filas que lo rodea. Esa cercanía entre actores y público los envuelve a todos en esa locura vertiginosa que propone El movimiento. El diseño escénico recrea al comienzo una agencia de publicidad repleta de escritorios, algunas computadoras y bastante desorden. El mismo caos que traen los personajes. Hay cabinas con micrófonos, todo dispuesto para responder a la inmediatez que exige el mercado. La escenografía va transformándose a lo largo de la obra, por ejemplo, en una oficina del Regimiento de Patricios.Hay dos guerras. Con traidores, desertores, botines de guerra. Las dos son inmorales. Son tan distintas y tan parecidas a la vez, que solo puestas frente a frente e intentando hacer el juego de las diferencias, aparecen las semejanzas. Ante el riesgo de naturalizar lo absurdo, accionan, se ponen en movimiento.Encontrar belleza y sentido en donde sea, aunque no tenga lógica: eso hacen los creativos publicitarios. Porque en un mundo donde todo se puede comprar y vender, nada es imposible. La alienación, por supuesto, tampoco lo es. Por eso apuestan ya no a una ilusión efímera, sino a esa que reclama Claudia: una ilusión que perdure. Y la campaña del principio se resignifica al final, y ahora sí, todos tiran para el mismo lado."El movimiento. El pasado no se detiene"Muy buenaAutor y director: Javier Daulte. Elenco: Vale Camino, Ramiro Delgado, Julia Gárriz, Jorge Gentile, Luciana Grasso, Silvina Katz, Paula Manzone, Agustín Meneses, William Prociuk, María Villar. Diseño de movimiento: Vero Pecollo. Colaboración artística: Zoilo Garcés. Diseño sonoro: Lolo Micucci. Diseño de iluminación: Matías Sendón. Diseño de vestuario: Ana Markarian. Diseño de escenografía: Alicia Leloutre y José Escobar. Sala: Orestes Caviglia del Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815). Funciones: de jueves a domingo a las 21.POS
Divertida y reflexiva, cómo es El movimiento, la nueva obra de Javier Daulte en el Cervantes, que enlaza con la Guerra de Malvinas
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