Del mapa pizarra al videojuego: la docente mendocina que llevó Minecraft a las aulas de su escuela

Del mapa pizarra al videojuego: la docente mendocina que llevó Minecraft a las aulas de su escuela

“Cuando empecé a trabajar no había celulares, no existía el MP3 ni el MP4”, cuenta Ivana Morelatto en Guaymallén, Mendoza. Allí, desde hace más de dos décadas, ejerce como docente de geografía en la Escuela Secundaria Ernesto Pérez Cuesta, ubicada en el barrio que la vio crecer.Hasta hace cuatro años, Ivana enseñaba a sus alumnos a reconocer países y diferenciar mares y océanos con un mapa pizarra, al tiempo que luchaba contra el uso del celular en clase. Con el tiempo, advirtió que debía dar un paso más allá de la educación tradicional: “Los estudiantes necesitaban una estrategia, un elemento más cercano a ellos por la edad y por la tecnología”, recuerda.Docentes que inspiran: Ivana Durante una jornada de geografía, observó el uso de un videojuego en una clase. De regreso, presentó una propuesta a la directora. “En vez de seguir enojada pidiendo que el celular desaparezca del aula, lo incorporé a mis clases”, señala.La propuesta consiste en utilizar el videojuego Minecraft en todas las asignaturas de primer año. El objetivo es integrar los contenidos de cada espacio curricular para que los jóvenes comprendan cómo se relacionan entre sí y los vinculen con la vida cotidiana.El desafío excedía a Ivana. Laura Cogni, entonces directora de la escuela, recuerda aquel momento: “Había que cambiar la cabeza de todos los profesores porque no era un proyecto para geografía, era un proyecto para la escuela y para 180 chicos”.Minecraft: construcción de una ciudad sustentableAl comenzar el ciclo lectivo, los alumnos de primer año forman ocho grupos y a cada uno se le asigna una ciudad de América. En matemática y geografía desarrollan el concepto de escala y lo aplican elaborando los planos de la ciudad, que luego replican en el videojuego. A lo largo del año, cada asignatura estudia los edificios principales relacionados con su currícula. Además, los grupos encuentran una problemática ambiental que afecte a su localidad y, desde Minecraft, plantean una solución sustentable.Los chicos fueron los primeros en adaptarse: “La mirada de ellos era que, por primera vez, alguien había pensado desde dónde les gustaba aprender”, asegura Ivana. Así ocurrió con Valentín, un joven que encontró en sus habilidades tecnológicas una herramienta para adquirir conocimientos y conectar con sus compañeros. Con su ayuda, activaron las cuentas del videojuego de los 180 alumnos. “Pasó a ser el chico más solicitado de la escuela”, dice.Jésica García Guerra, profesora de matemática, asegura que el aprendizaje es recíproco: “es un ida y vuelta. A veces los chicos necesitan de nosotros y otras nosotros de ellos”.La forma de evaluar también rompe con los esquemas tradicionales: en una radio local, los alumnos exponen frente a sus padres, familiares y profesores en una presentación abierta a la comunidad. Además, comparten videos guionados y musicalizados que sintetizan el videojuego y en stands exhiben lo trabajado durante el año en cada espacio curricular. La nota final es un acuerdo de todo el cuerpo docente.Algunos padres dudaban. “No comprendían por qué los chicos tenían tan pocas hojas en la carpeta”, dice Ivana. Después de asistir a las exposiciones de sus hijos y conocer los proyectos desarrollados en Minecraft, su mirada cambió.Del videojuego a la realidadPrimer año es solo el comienzo. En tercero y cuarto, los alumnos reemplazan el videojuego por viajes de estudio: empiezan con San Juan y Talampaya y, cuando pasan de curso, siguen con Buenos Aires y Parque Los Alerces. Ivana resume esta transición en una frase: “en primer año, los chicos aplican los saberes jugando y en los años posteriores lo hacen en el terreno”.Las materias también se dictan integrando sus contenidos, esta vez, en relación con las ciudades que van a visitar. En el caso de Buenos Aires, los alumnos se dividen en grupos y cada uno investiga un barrio. Una vez allí, son ellos quienes deben explicarlo a sus compañeros y docentes. El ciclo culmina con exposiciones orales donde ponen de manifiesto lo aprendido.“Muchos me han llegado a decir: ‘Nunca más podré ver un paisaje como antes; ahora sé que detrás de lo que veo hay cientos de cosas por conocer’”, recuerda.Para algunos estudiantes es la primera vez que se suben a un avión o viajan largas distancias sin sus padres, un desafío que los impulsa a desarrollar su autonomía. “Estar lejos de casa, lejos de mi familia, me ayudó mucho a poder creer un poco más en mí”, dice Giuliana Peralta, alumna.Toda la comunidad educativa participa para hacer realidad estos viajes: venden rifas, organizan ferias y lavan autos. Desde la implementación de estas prácticas pedagógicas, el trabajo en colaboración se ha incrementado entre pares, pero también entre docentes, alumnos y padres. Además, se redujo el nivel de repitencia y se fortaleció la oralidad de los jóvenes.La apuesta de Ivana es que los alumnos pongan en práctica fuera del aula lo que aprenden dentro: “Me llena el alma cuando un alumno viene y me dice: ‘Profe, ¿sabe qué? Pude explicarle a mi abuela cómo se produce el zonda y me felicitó’”.Finalista del Premio Docentes que Inspiran“Que una persona tenga la capacidad de liderar un proyecto sobre 900 chicos y más de 250 profesores, es muchísimo”, resume Laura Cogni, exdirectora de la escuela.Por su trabajo, Ivana Morelatto es una de las seis finalistas de Docentes que Inspiran, la iniciativa de Clarín y Zurich que reconoce a los educadores que están dejando huella en sus alumnos. Desde 2021, ya distinguió a 36 docentes de 12 provincias y acumuló más de 14.000 postulaciones.Para seguir las novedades del premio, se puede visitar www.docentesqueinspiran.com.ar o las cuentas de Instagram y Facebook @docentesqueinspiran.

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