Quien haya pasado por las aulas de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA no olvidará jamás al profesor titular de Historia Social General Jorge Saborido. Su pasión por la historia y su rigurosidad lo hacían único. Pero también dio clases en La Pampa donde fue decano y profesor invitado en universidades de Uruguay, Chile y España. Durante toda su carrera publicó numerosos trabajos en revistas especializadas. Y entre sus últimos libros se destacan El final de la Guerra Fría, La larga guerra de Vietnam, El muro de Berlín, La guerra de Corea, y Stalin y los comienzos de la Guerra Fría, todos editados por Biblos. “Hace 11 años que estoy jubilado. Me gustaba muchísimo la docencia, di muchísimas clases y viajé durante 30 años a La Pampa a dar clases, incluso fui decano allí, pero no me quedaba tiempo para escribir y para investigar. Desde que estoy jubilado tengo más tiempo para escribir y pensé estos libros como una colección, como una serie de textos de alta divulgación, en los que haya una actualización bibliográfica y una discusión de los puntos en cuestión porque la historia es una ciencia infinita en cuanto a que siempre hay lugar a nuevas interpretaciones”, cuenta en entrevista con Ñ. Del rigor técnico en el Otto Krause a la pasión por la docencia, un recorrido por la trayectoria y la mirada del reconocido historiador argentino sobre los grandes hitos de la Guerra Fría, el derrumbe soviético y los dilemas del mundo contemporáneo.Mientras revuelve su café en un bar de Avenida de Mayo, Saborido dice que una de sus pocas virtudes, es su claridad a la hora de escribir: “puedo sacrificar en algo la profundidad, reemplazándola por la claridad, para que el lector entienda de qué estamos hablando, que sepa los orígenes de los procesos que estamos describiendo”.–¿Por qué estudió historia?–Soy hijo de un ingeniero con fábrica y soy el primogénito: estaba destinado a hacer la carrera de ingeniería y hacerme cargo de la empresa. Era un nerd, entonces podría haber estudiado hasta corte y confección, lo que fuera e iba a ser buen alumno, entonces hice la secundaria en el Otto Krause, tuve uno de los mejores promedios del colegio y logré esquivar la ingeniería para estudiar ciencias exactas, porque los números se me daban muy bien. Hice el primer año de Exactas y me llegó la conscripción (soy de la época del servicio militar obligatorio) y ahí dejé la facultad.Había aprobado tres o cuatro materias, pero dejé la facultad y yo tenía ya una cierta militancia política que nació en el secundario, gracias a un compañero que tuve José Mario Gullich, un muchacho que fue mi compañero de banco de primero a sexto año, que me permitió ser modesto en mi vida, porque ya a los 13 años conocí lo que es ser una persona inteligente. Él tenía militancia en el Partido Comunista y yo me fui acercando al pensamiento marxista, a la sociología. En la idea inicial, cuando decidí producir un giro copernicano en mi vida, iba a estudiar sociología, pero después me incliné por la historia y en esa época para pasarte de industrial a bachiller, tenías que dar equivalencia. Empecé la carrera a las 24, después de la colimba, y estaba tan preocupado por mi edad que me recibí en 4 años y medio porque sentía que ya era viejo para la facultad.–¿Cómo siguió su carrera?–Me recibí en el 73 y comencé de ayudante; me cesantearon en el 75 y volví a principios de los 80. Cuando regresó la democracia, un amigo me convocó para el CBC, en ese momento tenía un currículum que se podía leer en un minuto, pero bastante experiencia como profesor. Luego concursé en La Pampa y gané, y después me llamaron para la Carrera de Ciencias de la Comunicación, que recién se iniciaba. En ese lapso escribí cosas, mi primer tema fue la guerra civil española y con posterioridad me dediqué a temas del fascismo y a fines de los 90 comencé a dedicarme a la Unión Soviética. Escribí cinco o seis libros sobre el tema que culminaron en el 2021.–¿Por qué le interesó especialmente investigar sobre la caída de la Unión Soviética?–La URSS había sido invadida desde el oeste dos veces en 30 años (Primera Guerra Mundial y Operación Barbarroja). Para Stalin, controlar los países de Europa del Este no era, en principio, una cuestión de expansión ideológica global, sino una necesidad estratégica de profundidad territorial y de defensa. La asociación con los Aliados occidentales fue forjada por la necesidad de sobrevivir. Una vez derrotado Hitler, esa necesidad desapareció y emergió la desconfianza estructural. Aunque Stalin pudo haber sido ambivalente al inicio, la presión de la Guerra Fría aceleró la "sovietización". La Doctrina Truman y el Plan Marshall obligaron a la URSS a cerrar filas en su zona de influencia para evitar deserciones o la penetración económica del capital estadounidense. Stalin aprendió que para garantizar la lealtad de un país frente a una posible invasión futura, no bastaba con gobiernos de coalición (donde los partidos no comunistas tenían poder). Necesitaba el control total. El propio ADN del estalinismo altamente centralizado y desconfiado de la pluralidad hacía muy difícil que tolerara, a largo plazo, modelos híbridos o democracias parlamentarias reales en sus países satélites. Se hablaba de las democracias populares y la voluntad de Stalin era armar una muralla defensiva. Él no tenía fuerza para avanzar.–¿Qué papel jugó en todo este contexto la situación de Corea?–El tema de Corea es uno de los coletazos de la Segunda Guerra Mundial: Corea estaba bajo control japonés desde principios de siglo y cuando se produjo la derrota militar nipona ocuparon el norte del país mientras que a los pocos días Estados Unidos ocupó el territorio del sur. A medida que se desplegaba la Guerra Fría la situación entre ambos territorios se fue agravando y los comunistas del norte se vieron favorecidos por el triunfo de la Revolución China, lo que llevó a Estados Unidos a ampliar su política de contención incluyendo a Corea. En 1948 se crearon dos repúblicas. Una bajo la protección de Estados Unidos en el norte y otra protegida por la Unión Soviética y más tarde por China en el sur. El 25 de junio de 1950 se produjo la invasión del Ejército de Corea del Norte y a lo largo de tres años hubo diferentes alternativas con intervención de Estados Unidos y de China sin que se definiera el conflicto, que se mantienes latente hasta la actualidad con “la frontera más custodiada del mundo”.–Usted también ha escrito sobre la Guerra de Vietnam y lo que significó para Estados Unidos y su ideal de supremacía.–En esa guerra se decidió el envío de cientos de miles de soldados, en su mayoría de la clase media, y sus familiares veían aterrizar a los aviones y bajar los féretros de los soldados de sus hijos y nietos. Pocas semanas antes de la firma de la paz, Estados Unidos bombardeó Vietnam. Fue una atrocidad la actuación de su país y les costó recuperarse de una derrota humillante, con un impacto humano que aún persiste. Hoy Vietnam es uno de los tigres asiáticos: tiene un gran crecimiento económico, y es de lo más capitalista que existe, pero en teoría sigue siendo una república socialista.–Hablando de socialismo, ¿qué cree que puede pasar con las reformas en Cuba?–Creo que en principio, el modelo socialista cubano fracasó. Contó con la ayuda de la Unión Soviética hasta que entró en problemas con Gorbachov y lo que se conoció como el Período Especial en los años ’90, que fue terrible, y luego la posibilidad de una cierta apertura y desarrollo del turismo, así como el aporte de Venezuela, la mantuvo a flote. Ahora, una vez que esto desaparece, la situación es desesperante y lo cierto es que el sistema no funciona. Por supuesto que el bloqueo es fuerte, pero no es solamente eso. La oleada de extrema derecha que se está imponiendo en Occidente ha conducido a una descalificación de la alternativa soviética, que más allá de que el socialismo soviético fracasó, pone en cuestión todo lo que ocurrió y nos hace olvidar, por ejemplo, que al finalizar la Guerra Fría y durante los años 50 hasta los 60, el modelo soviético atrajo a millones de personas a Moscú.–¿Los partidos comunistas tenían mucha presencia?–Sí, los partidos comunistas tuvieron una fuerte presencia en la sociedad. La interpretación proveniente de Marx que planteaba que la sociedad capitalista es una sociedad de clases en donde una clase explota a la otra, tenía muchísima vigencia. Después a la hora de bajar a la política concreta podemos imaginar diferentes estrategias, pero lo cierto es que ahora parece que todo eso nunca ocurrió pero efectivamente fue así y mucha gente se afilió. Se pensaba que la izquierda era el futuro.Tal vez no con las características del modelo soviético, pero lo cierto es que estaba en duda el futuro del capitalismo tal como era en ese momento luego del fin de la Segunda Guerra Mundial. Y en el período de la Guerra Fría, a los países occidentales les fue bien porque introdujeron políticas de tipo keynesianas. El estallido de la guerra había provocado una crisis tan pavorosa en términos sociales, que las políticas intervencionistas no podían solucionar del todo, pero le pusieron paños fríos. Parecía inevitable e inobjetable que el Estado tuviera presencia para atenuar las diferencias sociales existentes en el mundo capitalista. Esos 30 años, hasta la crisis del petróleo en los 70, fueron años de recuperación económica de Occidente y de crecimiento, desarrollo y ampliación de las clases medias.–Mucha gente estudió la Revolución Rusa como un faro en medio de la barbarie capitalista, ¿no es así?–Veníamos del periodo de colonizaciones imperialistas y el capitalismo no era un sistema que enamorara precisamente. El socialismo soviético llegó hasta un cierto punto porque sus limitaciones políticas, el secretismo, la persecución de las mentes brillantes y demás condujeron a que se bloqueara el crecimiento y que desde los años 60 en adelante el modelo de crecimiento frenara. Cuando Gorbachov tomó el poder, esa situación ya era muy difícil de revertir.–En la actualidad hay algunos países que mantienen políticas de los estados de bienestar como los nórdicos, por ejemplo–La mayor creación del capitalismo para sostenerse fue la creación del Estado de Bienestar. Pero la innovación tecnológica va desplazando sectores, va haciendo obsoletos a determinados sectores con las consecuencias sociales que eso implica: que algunos se adapten y otros queden afuera del sistema.
Del ADN estalinista a los tigres asiáticos: una lección de historia con Jorge Saborido
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