OPINIÓNLlevamos años de discursos enfáticos y concluyentes que desprecian las instituciones y la buena política, y no llevan a ningún lado5 de noviembre de 202600:143'minutos de lecturaJosé Ortega y Gasset ArchivoLA NACIONOpiniónOrtega y Gasset sostenía que en un período de 15 años conviven tres generaciones. Agregaba una reflexión profunda: cada generación comparte una sensibilidad vital, por lo que en ese tiempo son contemporáneas tres maneras de interpretar la realidad.Visto así, es más fácil comprender la crisis institucional que está ocurriendo en parte del mundo, con epicentro en Europa: el contrato social está roto esencialmente porque las generaciones han obturado los nexos que las unían en un proyecto común. Cuando el fracaso acumulado cancela el futuro, se quiebra el pacto implícito de que cada generación debe aportar lo suyo para que la que sigue esté mejor. No se trata de una crisis de representación ni de incumplimiento entre ciudadanos contemporáneos, sino de una ruptura más fundamental: la de la continuidad entre generaciones.En nuestro país se agrava, porque a la par de los desafíos mundiales nuestra economía tiene un estancamiento estructural de por lo menos 15 años. El tiempo vital de tres generaciones en esas condiciones es más que una mala estadística macroeconómica: es la muestra cabal de que algo estamos haciendo muy mal como sociedad, de manera consistente.Si le sumamos el impacto todavía incierto de la inteligencia artificial y un escenario geopolítico definido por dos guerras que han cambiado la economía y los valores del derecho internacional, los contornos del futuro son preocupantes: para los mayores, porque se difumina la esperanza de una vejez digna; para los maduros, porque se frustran sus expectativas de progreso; para los jóvenes, porque se enfrentan a una economía sin oportunidades, a un no futuro.El riesgo institucional es enorme porque la frustración tiene un ciclo: empieza con un enojo de vértigo que suele desembocar en la apatía, preludio de la anomia, ni más ni menos que la pérdida de vigencia de la ley. De allí, a un paso de lo que Nino caracterizó como anomia boba, cuando el desprecio por la ley termina perjudicando a todos, incluso a los que creen sacar una ventaja violándola.El diagnóstico viene siendo errado y es siempre coyunturalDicho lo negativo, toca poner el acento en lo que se puede (y debe) hacer: es claro que el diagnóstico viene siendo errado y es siempre coyuntural. Lo que no tenemos como sociedad es un proyecto de futuro común, que aglomere la mirada de las generaciones. Algún distraído al costado del camino dirá que el concepto desarrollo es simplista. Pues no, porque se trata de crecer económicamente, educando para los desafíos que vienen y garantizando el retiro futuro, con instituciones estables que afiancen la seguridad jurídica.Tenemos un país con los recursos energéticos y alimenticios que necesita el mundo, lejos de los conflictos bélicos, con extensión geográfica y agua suficiente. Cuesta entender cómo estamos enredados en un falso laberinto, por falta de acuerdos e instituciones que los conviertan en una prosperidad duradera.En El sofista, Platón enseñaba que las notas musicales, como los conceptos, son ruidos si no se combinan conforme a las reglas del arte de la música. Llevamos años de vocis flatus, de discursos enfáticos y concluyentes que desprecian las instituciones y la buena política, y no llevan a ningún lado. Empecemos por poner el sistema institucional a pensar el futuro y dejemos de discutir naderías. Nunca es tarde.
Dejemos de discutir naderías
Full Article
Original Source
Read the full article at Lanacion →KhanList aggregates and links to publicly available news content. We do not host full articles from third-party sources. Always verify important information with original sources.