Unas vacaciones relajantes, una noche con amigos, la celebración de un cumpleaños o una boda son situaciones universalmente consideradas gratas y placenteras. Pero requieren de condiciones específicas o disponer de horas por delante. Son eventos excepcionales, una excepción que hace que la alegría no parezca la norma. Por ello, el neurólogo Richard Sima propuso en un artículo publicado en el Washington Post una alternativa para alcanzar una calma similar: los joy-snaking o aperitivos de alegría, pequeños momentos en los que disfrutamos de una felicidad instantánea. Sin más objetivo ni meta que la satisfacción del instante. Un café humeante, una charla con un amigo, el sol calentando la piel o un automasaje en los pies. Todos tenemos unos minutos diarios que invertir en nosotros mismos. Así de fácil y, en ocasiones, así de difícil.“El joy-snacking es una expresión reciente, pero la idea no lo es. En psicología existe el concepto de savoring, que describe la capacidad de prestar atención a una experiencia positiva, apreciarla y permitir que tenga un impacto emocional más duradero”, apunta Sandra López, psicóloga y directora del Institut Psicològic Arrels.No se trata, únicamente, de evadirnos un instante, sino de disfrutar de sencillas acciones y así ser capaces de relativizar las preocupaciones. Dicen que el diablo está en los detalles y tal vez el sentido de la vida podría hallarse allí. “Cuando apreciamos las pequeñas alegrías cotidianas estamos en el presente y dejamos de perseguir el futuro”, define la psicóloga Irene Santiago.El estrés por encontrar el propósito de vidaSeguramente Aristóteles se llevaría las manos a la cabeza si escuchara hablar del joy-snaking. El filósofo griego era un firme defensor de la eudaimonía: no entregarse al placer momentáneo y vivir una vida con propósito desarrollando las virtudes y las potencialidades de cada cual. Solo así, afirmaba el griego, se alcanzaba la auténtica felicidad.La búsqueda del propósito de vida o de la felicidad debería ser una aventura esperanzadora, pero en ocasiones —contradiciendo al padre de la filosofía— nos hace más desafortunados. Por una parte, es un propósito a largo plazo, que requiere un esfuerzo. Por otra, la palabra “búsqueda” nos remite a una carencia. “A una sensación en la que hay algo que hacer, algo que no está construido, algo que se tiene que mejorar y adoptamos un rol de exigencia y por lo tanto es difícil relajarse”, describe Santiago.López ha observado este estrés que acarrea en ocasiones el propósito de vida: “En los últimos años, la búsqueda de sentido se ha convertido casi en una nueva obligación. Parece que debemos saber cuál es nuestra vocación, qué huella queremos dejar, cuál es nuestra mejor versión y qué hemos venido a aportar al mundo. El propósito, que debería orientarnos, puede convertirse en una exigencia más. En consulta vemos personas que no están exactamente perdidas, pero creen que les falta “algo” para ser felices. No saben responder a la pregunta “¿cuál es tu propósito?” y lo viven como un fracaso personal”.Sin embargo, la realidad es otra. Pocas vidas se construyen a partir de una gran revelación, de una epifanía que le da significado a todo. “El sentido suele aparecer de una forma menos espectacular: en los vínculos que cuidamos, en aquello con lo que nos comprometemos, en cómo atravesamos una dificultad o en las decisiones que vamos tomando, a veces sin comprender todavía todo su alcance”, comenta López.E incluso, podemos acabar reescribiendo nuestra vida y el propósito que la guía de adelante a atrás: cuando comprendemos que los valores, las personas y las experiencias han dado coherencia a nuestra historia. López también nos recuerda que el propósito de vida es cambiante. “No tiene por qué ser único ni permanecer intacto durante toda la vida. Hay etapas para crear, otras para cuidar, otras para sostener y algunas en las que el principal propósito es recuperarse”.Pero mientras llega o no el propósito, ¿a quién le amarga un dulce? El joy-snacking es ese dulce que en ocasiones no sabemos cómo disfrutar.¿Qué nos impide disfrutar de buenos momentos?Cualquier individuo tiene la posibilidad de dedicar unos minutos al día a esos momentos de alegría y, sin embargo, en muchas ocasiones, se relegan en pos de la obligación. Siempre hay algo urgente que se ha de concluir para poder disfrutar. Ese mecanismo tiene que ver con que concebimos los momentos de placer como un premio. Y los premios se han de merecer. “Hemos aprendido a vincular el descanso y el placer con el merecimiento. Desde pequeños escuchamos que primero debemos cumplir y después podremos disfrutar. El problema surge cuando esta lógica se convierte en permanente, porque las obligaciones nunca terminan del todo”, advierte López.La psicóloga señala que para las personas muy exigentes, descansar o pasarlo bien puede vivirse como una forma de egoísmo o como una pérdida de tiempo. Por último, hay otra razón para posponer la salsa de la vida: las tareas pueden ser una excusa para no entrar en contacto con sentimientos desagradables como el cansancio, la tristeza o la soledad. Según López, “Algunas personas no temen tanto detenerse como lo que podrían sentir al hacerlo”.Una vocecilla interna se empeña en aplazar el goce hasta un momento mítico en el que no quedarán obligaciones que atender. Pero ese idílico momento es totalmente imaginario. Por ello el joy-snacking le replica a esa voz censora que no hace falta tener demasiado tiempo, que una pequeña pausa de alegría puede colarse en cualquier espacio y no hay razón para posponerla. Además, ese instante de relajación aportará una tranquilidad con la que será más fácil afrontarlo todo. “Concentrarse en una vivencia que es, que está, que no llegará en el futuro calma nuestro sistema nervioso, porque borra la exigencia”, asegura Santiago.Es básico tener claro que el joy-snacking no impedirá continuar con los quehaceres ni, tampoco, se convertirán en una nueva obligación “Hablamos de gestos como un día comer sin pantallas paladeando los alimentos, darnos una ducha lenta, escuchar una canción completa o conversar con alguien con quien nos sintamos a gusto —propone López—. No se trata de renunciar a nuestras responsabilidades, sino de dejar de esperar a que todo esté resuelto para empezar a cuidarnos”.¿Qué ocurre cuando no podemos apearnos del ‘modo esfuerzo’? En muchos casos solo llegar al límite, a cierto colapso en el patrón de exigencia, servirá para concederse una pausa. Y tocar fondo no es nunca una buena estrategia.Por otra parte, el vacío no tardará en hacer acto de presencia. “Cuando alcanzamos una meta, necesitamos otra. Si solo reconocemos como felicidad los grandes logros, la vida cotidiana siempre parecerá insuficiente. Para reconducir esta tendencia, podemos dejar de pensar en el bienestar como un premio final e introducir pequeñas formas de cuidado dentro del día. Una pregunta que podría ser útil hacernos sería: ‘¿Qué me haría bien hacer hoy por o para mí?’”, propone López.Además de retrasar las gratas experiencias de la vida, en ocasiones nos empecinamos en restarles importancia, en pasar por ellas de puntillas. ¿Cuál es la razón por la que lo hacemos? Responde López: “La prisa, la autoexigencia y la dificultad para permanecer en el presente. Hemos llegado a convertir casi todo en una herramienta de productividad: caminamos para hacer ejercicio, meditamos para rendir mejor y descansamos para volver con más energía. Desde esta lógica, algo que simplemente nos agrada puede parecernos poco valioso”.Además, algunos individuos han aprendido que estar alerta es estar a salvo y en estos casos resulta aún más difícil bajar la guardia. Y, por supuesto, si existen problemas de fondo graves como ansiedad o depresión los joy-snacking poco podrá hacer, según admite López, “No siempre basta con recomendar: ‘se ha de disfrutar de las pequeñas cosas’. La psicóloga también recuerda que las condiciones materiales: la precariedad, la sobrecarga de cuidados o las relaciones tóxicas cercenan nuestra capacidad de disfrute.Por último, otra razón por la que tanto nos cuesta disfrutar de un respiro está justo delante de nuestras narices: la pantalla. Los estímulos rápidos, la recompensa inmediata y la novedad dificultan el deleite con otras experiencias más lentas o sutiles. Una puesta de sol no cambia cada tres segundos. Una conversación requiere silencios. Un paseo puede no ofrece ningún estímulo espectacular. Si nuestro sistema de atención se habitúa a una sucesión continua de imágenes, titulares y notificaciones, la realidad cotidiana puede parecernos insuficiente o aburrida.Además, están las redes sociales, que no nos involucran en la vida, sino que nos conminan a observarla desde la ventana, desde fuera. “En lugar de preguntarnos “¿qué estoy sintiendo?”, podemos empezar a pensar “¿esto merece ser fotografiado?”, “¿cómo quedará?” o “¿qué pensarán los demás?” —advierte López— “La experiencia corre el riesgo de convertirse en contenido antes de haber sido plenamente vivida”.Degustar los aperitivos de alegríaVivir momentos significativos no requiere de un manual de instrucciones, pero en momentos de gran desconexión es necesario replantearse algunas cuestiones.“El primer paso es identificar qué nos hace bien de verdad, no qué creemos que debería gustarnos. Puede ser cuidar una planta, mirar por la ventana o reírnos con alguien. Después, necesitamos detenernos unos segundos y reconocer: ‘Esto me está sentando bien’, aconseja López.Es muy importante darse cuenta de que estamos disfrutando de un momento de dicha porque la felicidad es en estos casos tan sutil que se nos puede escurrir entre la maraña de pensamientos. Es lo que en psicología se denomina awareness (conciencia o conocimiento). Según López: “los pequeños momentos agradables no nos hacen bien solo porque ocurran, sino porque somos capaces de reconocerlos, sentirlos y estar presentes en ellos”.Una manera sencilla y ‘disfrutona’ de vivir estos momentos es a través de nuestros sentidos. Paladear la comida, contemplar la naturaleza, escuchar sonidos relajantes, sentir el tacto del agua de un baño o dejarse inundar por un aroma son actividades gratuitas que nos pueden procurar presencia y placer.De todas formas, los especialistas advierten que no podemos caer en el mismo error de siempre: considerar los aperitivos de alegría como una nueva obligación que añadir a la lista.Marga Durá
Deja de buscar el propósito de tu vida y empieza a disfrutar de un picnic: la filosofía del ‘joy-snacking’
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