De los fósiles de Dorset a los dinosaurios de China: cómo la prehistoria se convirtió en un negocio

De los fósiles de Dorset a los dinosaurios de China: cómo la prehistoria se convirtió en un negocio

El 8 de agosto, la prensa británica anunciaba, con una mezcla de pesar y melancolía, la venta al Museo de Historia Natural de Abu Dabi de una de las más importantes colecciones del Jurásico Inferior reunidas en el Reino Unido por un coleccionista privado. Se trataba de la obra de Chris Moore, un buscador de fósiles residente en Dorset que durante décadas recorrió los acantilados de Lyme Regis como heredero de una tradición local iniciada en el siglo XIX por figuras como Mary Anning.Para personajes de este tipo, la costa y las rocas guardan pocos secretos: un conocimiento adquirido a fuerza de observación, paciencia y experiencia que transforma los descubrimientos dispersos en colecciones de valor científico y monetario.La colección vendida a Abu Dabi consiste en 318 ejemplares, como ictiosaurios, peces, artrópodos y otros organismos marinos procedentes del Lias, los estratos de los comienzos de la gran era de los dinosaurios de la Costa Jurásica, Patrimonio Mundial de la Unesco, uno de los paisajes más emblemáticos de la paleontología decimonónica.No faltaron instituciones británicas dispuestas a adquirirla, faltaron, en cambio, los fondos para hacerlo. Numerosos especialistas del país vivieron la venta como una pérdida para el patrimonio nacional, otros –más conocedores de la propia historia– reconocieron que el planeta no tiene fronteras sino leyes humanas que, en este caso, no existían.Museos, mercado y turismoLos museos, el mercado y el turismo mantienen relaciones estrechas desde el siglo XIX. Buena parte de la historia de la paleontología está hecha de transacciones comerciales. La novedad de esta noticia reside, en todo caso, en la reorganización del mapa de la riqueza y en la incorporación explícita de los fósiles en los circuitos globales de las industrias del lujo, el entretenimiento y el bienestar.Y eso en el marco del declive del poder adquisitivo de los museos de historia natural europeos y de los regímenes legales que coexisten desde el siglo XX, cuando algunos países decidieron incluir a los fósiles de su suelo en el llamado patrimonio nacional. Otros, como el Reino Unido, los dejaron en el dominio de la propiedad privada y, por lo tanto, sujetos a las leyes de la herencia así como a la compra y venta entre personas físicas o jurídicas.Entre esas grietas legales y financieras, los fósiles de Moore dejaron la verde Albión para mudarse al desierto, fijando domicilio en el distrito de Saadiyat, donde también se encuentra el Louvre versión 0.1. El Museo de historia natural, inaugurado en 2025, es otro emprendimiento del grupo Miral, que maneja varias de las atracciones de la ciudad, entre ellas Ferrari, Warner Bros, SeaWorld y la futura Disneylandia.Diseñado por Mecanoo, un estudio instalado en 1984 en Delft, Países Bajos, el museo se inspira en las formaciones geológicas y los wadis, los cauces secos característicos de la región. Según los arquitectos, invita a la exploración de un territorio modelado por las fuerzas naturales. De las fuerzas del dinero, nada dicen.El vestíbulo de entrada define, sin embargo, que se trata de una de las instituciones más monumentales de Medio Oriente, el nuevo hogar de una manada de dinosaurios. El museo se despliega luego como un viaje a través de los millones de años que van de los orígenes del universo y el Big Bang hasta los desafíos que enfrenta la humanidad, sin olvidarse, faltaba más, del cambio climático. En su programación sobresalen las sesiones de meditación sonora y las clases de yoga bajo los saurópodos del atrio principal.Esta incorporación de los dinosaurios a las industrias del bienestar y el turismo de lujo es apenas uno de sus destinos porque, en realidad y gracias a la producción en masa, hay para todos los bolsillos.Fabricación de dinosauriosEn las últimas décadas, varias ciudades chinas, como Zigong, provincia de Sichuan, se han especializado en la fabricación de dinosaurios animatrónicos, esqueletos artificiales y escenarios prehistóricos destinados a museos, parques temáticos, zoológicos, centros comerciales y exposiciones itinerantes de todo el mundo.Se trata de productos resistentes al sol, la lluvia o la nieve, diseñados para ser embalados, transportados, montados y desmontados una y otra vez. Y como la diversificación es el secreto del éxito, además de robots con cabeza y rugido de tiranosaurio, también ofrecen espectáculos de luces, esos que una vez por año colorean los edificios neoclásicos de las ciudades europeas con motivos tales como “Fiesta Latina” y cara de Catrina y Frida Kahlo.Los fabricantes se jactan de no producir monstruos que abran la boca para hacer grrr. Por el contrario, se regodean de sus equipos de ingenieros, escultores y especialistas capaces de garantizar la fidelidad anatómica y paleontológica de cada ejemplar, principal argumento de venta. Zigong, célebre por sus yacimientos y museos de dinosaurios, ha transformado esa reputación regional en una de las principales plataformas mundiales para la exportación de saurópodos, tiranosaurios y pterosaurios hechos en China.Estas exhibiciones itinerantes de bestias jurásicas han invadido las provincias de Alemania, Suiza, Francia y Rumania. Aparecen en jardines zoológicos y botánicos, en películas, en la plaza del mercado, anunciados en las paradas del colectivo, a gran escala pero también como payaso de alquiler para cumpleaños infantiles.Una vez más, el tamaño depende del dinero con que se cuente o de cuántos inversores atraigan. No falta quien logra involucrar al gobierno local o regional pero, a diferencia de los fósiles reunidos por Moore o de los saurópodos en esqueleto de Abud Dabi, su valor no surge de la singularidad sino de su capacidad de reproducción industrial.Son criaturas en goma, metal, tela y circuitos en su seno, fabricadas para circular por rutas comerciales que conectan talleres, empresas de logística, organizadores de espectáculos y públicos familiares. Más que descendientes de los grandes museos sedentarios, son herederos de los museos ambulantes, circos menageries y exhibiciones populares que durante el siglo XIX y parte del XX cruzaron los continents y los océanos mostrando maravillas científicas, animales exóticos y curiosidades mecánicas.El fenómeno también se da en nuestro continente. Valgan como ejemplo, las bestias prehistóricas y jurásicas instaladas desde 2001 en el Parque de La Carolina de Quito: el Museo Interactivo de Dinosaurios, una iniciativa del Municipio ejecutada por la Fundación Mundo Juvenil y que incluye mamíferos fósiles americanos.En el verano ecuatoriano que acaba de terminar, el Jardín Botánico situado en otro sector del Parque, valló la zona de helechos y coníferas para armar un Jardín Jurásico, un producto del trabajo de los ingenieros y técnicos nacionales. El espectáculo se visitaba con guías y combinaba dinosaurios mecánicos, esculturas fijas y títeres manipulados por operadores, como en las ferias, donde las reacciones del público forman parte del espectáculo.Los dinosaurios, además de generar dinero, funcionan como dispositivos de aprendizaje: familias enteras recorrían el parque mientras los niños ratificaban sus conocimientos aprendidos en otro lado, identificando las especies, sus hábitos y comportamientos con una familiaridad que habría sorprendido a muchos naturalistas del siglo XIX.Más allá de que algunos componentes, materiales o tecnologías puedan formar parte de cadenas globales de producción, esta insistencia en la fabricación local muestra también como las cosas, al moverse, empiezan a generar otras.Yoga debajo de los dinosauriosLos acantilados recorridos por Moore, los saurópodos bajo los cuales se practica yoga en Abu Dabi y los dinosaurios de Quito trazan una geografía industrial del entretenimiento y una misma historia de circulación. Los objetos cambian, los escenarios también. Pero los fósiles, sus réplicas y sus narradores siguen desplazándose entre comercio, ciencia, espectáculo y turismo, exactamente los territorios donde la paleontología aprendió a hacerse visible desde hace dos siglos.Ignoramos si en el atrio monumental de Abu Dabi se reflexiona sobre las emisiones de dióxido de carbono y la extracción de los combustibles del subsuelo de la región. Algo bastante pertinente ya que durante buena parte del siglo XX, las compañías petroleras utilizaron la imagen de estos animales como emblema.No solo eso, en el imaginario escolar, el petróleo se estudiaba como un derivado oleoso de los cadáveres de los dinosaurios recuperados por y para la modernidad industrial. En Abu Dabi, integrados en este programa por la paz interior, encarnan las paradojas del siglo XXI, siempre y cuando, el vestíbulo no sea el refugio desde donde se elevan las plegarias para que los saurópodos nunca se extingan.

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