MADRID.– España brillaba ante el mundo en 1992. Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla ameritaban un proyecto de infraestructura para mostrarle al mundo que habían dejado el letargo del franquismo para adentrarse en la vanguardia europea. La marca país estuvo siempre asociada a su nombre: Alta Velocidad España (AVE). Era la joya de todos los españoles. La inauguración del tramo Madrid–Sevilla en abril de ese año era apenas el primer paso de un modelo exitoso que, a medida que se extendía por todo este país, ratificaba que era un orgullo nacional. Representó el ingreso a la modernidad, que desafiaba la mala fama de España ante sus vecinos europeos.Varias grúas de gran tamaño levantan uno de los vagones destrozados en el choque entre un tren AVE de Renfe y un tren de IryoOSCAR DEL POZO - AFPCasi 35 años después de esa inauguración, el AVE se transformó este año en el símbolo de la decadencia del Estado. La red de alta velocidad más extensa de Europa quedó en jaque esta semana por un nuevo accidente: 2026 será recordado como su año trágico, que ya supera los 110 muertos entre los accidentes de Adamuz y Urda. “El franquismo no estaba tan lejos en 1992. Por eso, el AVE era un símbolo de entrada a la modernidad. Por fin teníamos algo de lo que presumir ante Francia o Alemania. Era una infraestructura avanzada, tecnológica. El AVE era uno de los pocos símbolos en el que todos los españoles estábamos de acuerdo”, reflexiona María Miyar, socióloga, directora de la Funcas, un think tank dedicado a la investigación social.La caída del símbolo del orgullo nacionalA bordo del AVE, un ejecutivo pasaba las páginas del diario en 1994. Detrás suyo, un niño dibujaba y una mujer trabajaba en una computadora justo antes de que se escuchara un anuncio por megafonía: “Le comunicamos que el tren llegará a su destino con seis minutos de retraso”. El mensaje despertaba el jolgorio colectivo. Esa secuencia es parte de una publicidad de Renfe, la empresa pública de trenes, que se volvió viral en los últimos días. En aquellos años, devolvían el dinero del pasaje cuando llegaban más de cinco minutos tarde. Pero las cosas cambiaron: el 38% de los coches llegan hoy con, al menos, cinco minutos de retraso, según datos oficiales.La época dorada del AVE comenzó con la expansión del servicio que gradualmente compitió con el avión para un tramo clave: Madrid–Barcelona. La red se extendió hasta convertirse en la más grande de Europa. La última gran inauguración fue la ruta que llega hasta Asturias y Galicia, en el norte. Y los planes de expansión incluyen una nueva conexión hasta Lisboa para 2030, cuando se celebre el próximo Mundial de Fútbol entre ambos países. Su éxito como modelo de negocios permitió incluso exportarlo a otros países, como la icónica ruta entre La Meca y Medina, en Arabia Saudita. Pasajeros se dirigen a abordar sus trenes en la estación de Chamartín, en Madrid, EspañaMaria Gestoso - APEl sistema tenía un último problema por resolver: su precio. Subirse a un AVE era sinónimo de estatus, porque salía más caro que viajar en avión. Pero eso cambió con una medida clave: la liberalización del mercado. Ingresaron en 2021 la italiana Iryo y la francesa Ouigo para competir con el servicio público de Renfe. Primero, operaron el tramo Madrid–Barcelona y la bajada de precios terminó por instalarse cuando llegaron hasta la ruta Madrid–Sevilla. Los pasajes bajaron su precio entre un 40 y un 50%, según datos oficiales. Hay tickets para viajar desde Madrid a Córdoba o Valencia que es habitual conseguirlos por menos de diez euros. La caída de los precios disparó la cantidad de pasajeros: si en 2019 fueron 22 millones de usuarios, ese número creció hasta 44 millones en 2025, récord histórico. La competencia entre operadores privados intensificó, además, el uso de la red ferroviaria un 42%. “Es cierto que España no ha dejado de invertir en mantenimiento ferroviario, pero también es evidente que no ha sido al mismo ritmo que ha crecido la cantidad de viajes y de pasajeros”, sostiene Ana Manso Acosta, consultora política. El gobierno socialista asegura que se ha hecho la mayor inversión de la historia en el mantenimiento, pero el accidente mortal en Adamuz fue causado por una avería en una de las vías. Pasajeros viajan en un vagón de un tren de alta velocidad en Zamora, EspañaMaria Gestoso - AP“Hemos asociado al AVE con la rapidez, la comodidad y la seguridad. Lo normal era pensar: ‘Voy a llegar a tiempo a Madrid y mientras tanto podré trabajar cómodamente en mi ordenador’. Se había construido un pacto de confianza con la ciudadanía que ahora se ha dañado. La sucesión de dos choques en tan poco tiempo instala una percepción de que hay un problema estructural”, argumenta la politóloga Manso Acosta. La socióloga Miyar es más dura: “El AVE representa hoy la decadencia de España. Es la constatación de un declive de las infraestructuras. Es cierto que se ha invertido, pero mucho más en la creación de infraestructura que en el mantenimiento. Para los políticos es más rentable poner el dinero en obras nuevas, que se puedan inaugurar”. Es la broma que se cuenta en todos los bares de España cuando preguntan por qué se construyen tantas rotondas.La especialista explica que el crecimiento de los viajes en alta velocidad desde que ingresaron nuevas empresas está acompañado por el extraordinario crecimiento poblacional de España, que pasó de 40 a 50 millones de habitantes en los últimos años. Y también por el boom del turismo, que registró 97 millones de visitantes en 2025, el más alto de su historia.Una grúa levanta uno de los vagones destrozados en un choque entre un tren AVE de Renfe y un tren de IryoOSCAR DEL POZO - AFPRubén Díez García, profesor de Sociología de la Universidad Complutense, está convencido de que esta nueva percepción de los españoles sobre el AVE representa la crisis de confianza que atraviesa la sociedad española, enfrentada por distintos conflictos políticos y sociales. “La crisis del AVE no hace más que reflejar nuestro deterioro institucional de estos años”, comenta. “La situación de los trenes es un trauma porque nos pone ante una realidad muy diferente a la que supimos vivir. La degradación de las instituciones y de nuestros símbolos deriva en una pérdida de confianza que termina por cuestionar la identidad nacional. ¿Quiénes somos ahora?”, cuestiona el politólogo, que se especializó en analizar cómo las sociedades se recuperan después de sus grandes duelos. Tanto él como el resto de los especialistas coinciden en que, con las elecciones del 29 de noviembre a la vista, un cambio de gobierno aparece como la manera más pronta de dar vuelta la página. “Necesitamos el relato adecuado para volver a creer. Estoy seguro que el AVE reflotará, pero tomará su tiempo”.Por Iván Ruiz
De la joya española a la decadencia: cómo el AVE se convirtió en el símbolo de la crisis de España
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