Durante los últimos años han aumentado los episodios en los que adolescentes permanecen grabando incendios, cruzan rieras durante fuertes lluvias o se acercan demasiado a acantilados para conseguir una buena imagen. Son escenas que generan incredulidad, pero para David Bueno, doctor en Biología y director de la Cátedra de Neuroeducación de la Universitat de Barcelona, no son fruto de una juventud irresponsable, sino de cómo madura el cerebro y de cómo los adultos estamos educando a las nuevas generaciones.En el pódcast Inédit. Educació sense filtres, el experto defiende que el verdadero problema no es que los jóvenes no perciban el peligro, es que cada vez tienen menos oportunidades para aprender a gestionarlo.El cerebro de un adolescenteBueno explica que los adolescentes no son adultos a medio hacer. Son otra cosa. “La adolescencia sirve para descubrir quién eres tú realmente, quién quieres ser”, afirma. Y ese descubrimiento, cuando siempre has estado protegido en la burbuja familiar, implica asumir riesgos.“Al cerebro adolescente le encantan especialmente los riesgos”, dice. Esa atracción por lo peligroso tiene una explicación evolutiva: “Como especie biológica, nos gustan los riesgos. Si no nos gustaran, nunca habríamos salido de África”. Sin adolescencia, no seríamos humanos.Pero hay un matiz clave que Bueno subraya: el peligro no se interpreta igual. “Si en un incendio hay un par de adolescentes que se quedan grabando, los demás también se quedarán. Porque si ellos se quedan, yo también quiero tener imágenes en directo”. Es decir, el instinto de autoprotección disminuye frente al instinto de socialización.El papel de la tecnología¿Y los móviles? ¿Son los grandes villanos? Bueno pide cautela. “No pensemos que son los culpables y responsables de todo, porque no lo son”. Pero sí tienen un efecto: “La sensación de anonimato detrás de las pantallas hace que todo parezca menos real, como si no fuera un peligro real”.El experto recuerda que cada año mueren influencers haciéndose selfies en lugares peligrosos. “Si no hubiera tecnología, seguramente no tomarían esos riesgos. Pero el responsable de fondo sigue siendo biológico”.La sobreprotección, una jaula doradaAquí está el verdadero corazón de la reflexión de Bueno. “Los casos de sobreprotección van en aumento, y no nos damos cuenta, pensamos que es normal, y no lo es”. El experto cita estudios realizados en Nueva Zelanda que demuestran que los niños a los que se dejaba trepar a los árboles eran, de adolescentes, más capaces de valorar el peligro y gestionar la ansiedad.“Si no han vivido pequeños riesgos, no aprenderán nunca a gestionarlos”, sentencia. Y pone ejemplos cotidianos: un niño que ha cocinado alguna vez sabe que el aceite quema. Un niño que nunca ha roto un vaso no sabe que los cristales cortan. “No es algo que puedas estudiar sentado en una mesa”.El biólogo define la sobreprotección con una frase lapidaria: “Sobreproteger es hacer nosotros, los adultos, aquello que un niño o adolescente ya puede hacer por sí mismo. Sacrificamos la libertad por una protección que, en el fondo, no es más que una jaula”.El tabú de la muerte y el miedo al futuroBueno también aborda dos temas que nuestra sociedad suele evitar: la muerte y el pesimismo hacia el futuro. “La muerte es la única cosa que compartimos todos los que hemos nacido, y parece que intentamos esquivarla”, lamenta. “De la muerte se ha de hablar en familia”, insiste.Respecto a la mirada el futuro, lanza un autoreproche generacional: “Hemos generado una sociedad que les hace creer a los jóvenes que su futuro será peor que su pasado. Es una mochila llena de piedras, un lastre que les dificulta avanzar, y es uno de los motivos por los que cada vez más jóvenes se inclinan hacia la extrema derecha”.“No es que el futuro sea fácil. Pero también era difícil en otras épocas. Les estamos transmitiendo una sensación de futuro muy negro, y eso les empuja a vender su libertad a partidos extremistas”.En definitiva, la pregunta no es por qué los jóvenes no reaccionan ante el peligro. La pregunta, como concluye la entrevista, es “por qué los adultos hemos dejado de prepararlos para reconocer esos peligros”. Porque el riesgo, como la vida misma, “forma parte de la vida”.Marc Mestres
David Bueno, experto en neurociencia: “Hemos creado una generación sobreprotegida que no sabe gestionar el peligro porque les hemos negado la experiencia de hacerse un rasguño”
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