Una imagen resume mejor que cualquier biografía lo que significó Dalida para la escena europea: la de una mujer enorme, con los brazos abiertos sobre un escenario, mientras miles de personas gritan su nombre. Y hay otra, la última, que la contradice por completo: la de un departamento vacío en Montmartre, una noche de mayo de 1987, y una hoja de papel sobre la cama con una sola frase escrita a mano. “La vida se me hizo insoportable, perdónenme”, dejó anotado antes de tomar una dosis letal de barbitúricos con un vaso de whisky. Entre esas dos escenas transcurrió una de las carreras más avasallantes de la canción francesa del siglo XX, sostenida por una de las historias más trágicas del mundo del espectáculo.Dalida, una artista egipcia que cautivó a EuropaNació como Iolanda Cristina Gigliotti el 17 de enero de 1933 en Choubrah, un barrio popular a las puertas de El Cairo, como hija de inmigrantes calabreses. Su padre, Pietro, era violinista de la Orquesta del Teatro de la Ópera de la capital egipcia; su madre, Giuseppina, costurera. La infancia no fue amable con ella: una infección ocular la obligó a usar vendajes durante 40 días y después anteojos de aumento que la volvieron blanco de burlas escolares. Todo empeoró en 1940, cuando su padre fue confinado en un campo de prisioneros italianos en Egipto por la ocupación británica; volvió, cinco años después, convertido en otro hombre, hostil y golpeado por la experiencia, y murió poco tiempo más tarde. La cantante frente a las pirámides de EgiptoDe algo había que vivir. Por eso, en plena adolescencia, Iolanda comenzó a trabajar como secretaria, un empleo gris y alejado del destino de gloria con el que soñaba. En 1951, a escondidas de su familia, se presentó a un concurso de belleza; tres años después repitió la apuesta, esta vez en el certamen de Miss Egipto, y se llevó el primer premio. Ese título le abrió la puerta al cine egipcio —considerado en aquella época “el Hollywood de Oriente”— y fue en uno de esos rodajes donde la descubrió un realizador francés. Y entonces, ya convertida en Dalida para el público egipcio, empezó a soñar con París, pero debió luchar contra la resistencia de su familia, que no quería dejarla partir. Ganó la partida y el 25 de diciembre de 1954 subió a un avión en busca de un destino a medida de sus deseos.Los primeros tiempos en Francia fueron duros. El cine francés no le abrió ningún hueco y, para cubrir sus necesidades, tomó clases de canto. La contrataron en una sala de fiestas de los Campos Elíseos y, poco después, la presentaron en la Villa d’Este como la “revelación de la canción francesa”. El empresario Bruno Coquatrix acababa de comprar una vieja sala de cine parisina para convertirla en el teatro Olympia, y programó ahí un espectáculo de variedades titulado Los números uno del mañana; Dalida se presentó como artista invitada e interpretó “Étrangère au paradis” —“Extranjera en el paraíso”—, un título que con el tiempo iba a leerse casi como una premonición de toda su carrera. Los primeros tiempos de la aspirante a artista en Francia no fueron sencillosEsa noche la vieron dos hombres que terminarían de fabricar a Dalida: Lucien Morisse, director artístico de Radio Europe 1, y Eddy Barclay, el productor discográfico más importante de Francia. Ambos entendieron que tenían delante un diamante en bruto y decidieron pulirlo. Grabó su primer sencillo con el sello Barclay, “Madona”, sin demasiada repercusión. El estallido llegó con el siguiente: “Bambino”, en 1956, un éxito arrollador que la instaló de una vez en el firmamento de la canción francesa.Una mujer atrapadaCon Morisse, además de socio artístico, tuvo una relación de pareja que terminó en matrimonio en 1961. Pero él no le daba respiro: giras, presentaciones, grabaciones, shows y más giras. Puertas adentro, Dalida se sentía atrapada y abandonada; su marido era más un jefe que un compañero. Unos meses después de la boda conoció en Cannes al pintor Jean Sobieski, y entre ellos hubo un flechazo inmediato. La relación con Morisse terminó de romperse, a pesar de la deuda artística que sentía con él. El divorcio se formalizó en 1962, y fue apenas el primer eslabón de una cadena de tragedias sentimentales que la prensa europea explotaría sin pudor durante el resto de su carrera y que terminaría convirtiéndose en la marca de agua de toda su biografía pública.En diciembre de 1961 Dalida volvió al escenario del Olympia con un repertorio distinto al que el público esperaba de ella. La apuesta terminó en otro triunfoEl nuevo amor no la alejó de su carrera. Francia vivía por entonces la explosión de la ola yeyé, y en diciembre de 1961 Dalida volvió al escenario del Olympia con un repertorio distinto al que el público esperaba de ella. La apuesta terminó en otro triunfo: se mantuvo un mes entero llenando una sala de más de 2000 espectadores por función. Después salió de gira, con paradas tan lejanas como Hong Kong y Vietnam, donde ya era una estrella de magnitud. En el verano de 1962 sumó otro éxito de largo aliento, “Petit González”, y ese mismo año, con el divorcio de Morisse ya encaminado, se compró la casa que la acompañaría el resto de su vida: un palacete de estilo 1900 en el número 11 bis de la rue d’Orchampt, en lo más alto de Montmartre, muy parecido —según la describían quienes la visitaban— al castillo de la Bella Durmiente. Ya instalada en la casa nueva, cortó relación también con Sobieski. Fue el momento en que decidió frenar un poco y, casi como una metamorfosis, cambió sus hábitos y su estética: se convirtió en una gran lectora —siempre tenía un libro entre las manos— y el 4 de agosto de 1964 completó su transformación de imagen al teñirse rubia. El 3 de septiembre de ese año volvió a subirse al escenario del Olympia. Para entonces ya era la cantante preferida del público francés, capaz de sobrevivir a la moda yeyé sin perder terreno en el panorama artístico europeo. En 1965 grabó “La danse de Zorba”, con música de Mikis Theodorakis, el mismo compositor de la banda sonora de la película Zorba el griego, y sumó otro éxito. Soñaba con casarse de nuevo, pero no había ningún pretendiente a la vista; dedicaba prácticamente todo su tiempo a la canción, entre giras y grabaciones. Pero Dalida necesitaba compartir sus logros con alguien y también personas de confianza. Fue así que a fines de 1966 su hermano menor, Bruno Gigliotti, asumió el manejo de su carrera y su prima Rosy se convirtió en su secretaria personal. Todos, además, se mudaron a su casa.De la euforia al dolor más profundoEn octubre de 1966 el sello italiano RCA le presentó a un joven cantautor de mucho talento: Luigi Tenco. Apasionado, fogoso, contestatario, le causó una impresión enorme desde el primer encuentro. Para relanzar a Dalida en el mercado italiano, la discográfica decidió presentarla al Festival de San Remo, y fue el propio Tenco quien se encargó de escribir la canción para la ocasión. Los dos artistas se vieron muchas veces durante los meses de preparación y entre ellos nació una pasión genuina: decidieron presentarse juntos en San Remo, en enero de 1967, defendiendo el mismo tema, “Ciao amore, ciao”, y llegaron a anunciarles a sus allegados más cercanos que pensaban casarse en abril.La presión de esa noche era enorme —Dalida ya era una estrella consagrada en Italia; Tenco, todavía un debutante— y la velada terminó en tragedia. Él, con una ansiedad desbordada y bajo el efecto del alcohol y los tranquilizantes, no soportó que la canción quedara afuera de la final. Denunció con dureza al jurado, habló de manipulación y del peso del dinero en el festival, y esa misma noche se suicidó de un disparo en su habitación del hotel. Fue Dalida quien encontró el cuerpo. Semanas después, en una entrevista, salió a discutir la versión que ya empezaba a instalarse sobre el músico como un artista que no toleraba el fracaso: “Es una mentira que ahora quieren instalar. Quieren crear la imagen del ídolo que no soportó el fracaso y se mató”, denunció. Meses más tarde, desesperada, ella misma intentó quitarse la vida ingiriendo barbitúricos en un hotel de París; la salvaron a tiempo.Ese episodio ensombreció por completo el arranque de una nueva etapa artística: la llamada época “Madona”, en la que empezó a vestirse de blanco, con vestidos y faldas largas. En ese momento, la prensa comenzó a llamarla “Santa Dalida”, la mártir del amor. Se la describía como una vamp de lentejuelas Incómoda con esa situación, decidió tomar una decisión: dejar atrás los tiempos livianos de “Bambino”. Dalida había empezado a interesarse por la filosofía y se volvió una apasionada de Freud y el yoga. En la primavera de 1968 salió de gira por el exterior y en Italia ganó el primer premio de “Canzonissima”, uno de los certámenes de canción más importantes de la televisión de ese país."Mi desgracia más grande es no haber podido nunca tener hijos", dijo Dalida en una entrevistaPero no todo fue triunfo. Fue también el año en que atravesó el embarazo y el aborto clandestino que marcarían el resto de su vida. En 1967, todavía convaleciente tras el suicidio de Tenco y su propio intento de quitarse la vida, conoció en un estudio de televisión italiano a Lucio, un estudiante romano de 18 años —ella tenía 34—. La relación fue breve, pero derivó en un embarazo. Lucio, que no quería ser padre, la empujó a interrumpirlo. Y como el aborto era ilegal tanto en Francia como en Italia, viajó y se sometió a la intervención de manera clandestina. La operación, mal realizada, la dejó estéril. En 1984, ya con el asunto convertido en una herida vieja, lo resumió con crudeza en una entrevista para el programa Rencontre avec un artiste de FR3: “Mi desgracia más grande es no haber podido nunca tener hijos”. Para encontrar una salida a un mundo que se había vuelto especialmente oscuro, Dalida hizo varios viajes a la India con la intención de aprender las enseñanzas de un maestro espiritual y, en paralelo, empezó un análisis según el método junguiano, centrado en el diálogo entre el consciente y el inconsciente a través de los sueños y los símbolos. Todo eso parecía alejarla del mundo de la canción, aunque nunca llegó a abandonarlo del todo: en agosto de 1970 volvió a ser la artista más popular de Francia con “Darla dirladada”. Ese mismo otoño se cruzó con Léo Ferré en un programa de televisión, y a su regreso a París grabó “Avec le temps”, del propio Ferré. A partir de ahí decidió que solo iba a cantar temas que tuvieran algún mensaje o, al menos, una prosa valorable. El 11 de septiembre de 1970, sufrió un nuevo golpe: encontraron muerto deun balazo a su mentor y primer marido, en su departamento de la rue d’Ankara, en París. Tenía tan solo 41 años. Y una vez más, la prensa la señaló como culpable, o al menos como partícipe necesario de la tragedia: a pesar de que en 1963 Morisse se había casado con la modelo Agathe Aëms, con quien tuvo dos hijos, muchos aseguraron que nunca pudo superar que la cantante lo haya abandonado. Si existiera un manual de cómo no levantar más polvareda mediática en situaciones como aquella, seguramente aconsejaría mantenerse a distancia de personajes con fama de atraer los escándalos. Y Dalida hizo exactamente lo contrario: en esos mismos años retomó el vínculo con Alain Delon, con quien la unía una vieja amistad —y, según distintas versiones, un breve romance en los años 60— desde la época en que ambos vivían, jóvenes y todavía desconocidos, en el mismo hotel modesto de París. La complicidad entre ellos seguía intacta, y en 1973 grabaron juntos “Paroles, paroles”, un dueto hablado y cantado que había sido grabado meses atrás por Mina junto a Alberto Lupo. Su versión en pocas semanas se convirtió en número uno en Francia, en el resto de Europa y en Japón, donde Delon era —y sigue siendo— una figura mítica.El comienzo de los años 70 fue, en lo profesional, una etapa dorada. Quizás contribuyó también la aparición de un nuevo compañero: Richard Chanfray, un galán de personalidad excéntrica que se hacía llamar “el conde de Saint-Germain” y que le devolvió, según coincidieron después distintos allegados, las ganas de vivir. Para entonces la prensa ya la trataba como una auténtica estrella de Hollywood, con una feminidad suntuosa siempre en escena. A fines de 1973 grabó “Il venait d’avoir dix-huit ans”, que fue número uno en nueve países. El 15 de enero de 1974 volvió al Olympia y esa noche cerró la gala presentando “Gigi l’amoroso”, un tema de siete minutos y medio, cantado y hablado a la vez, con un coro enorme detrás. Se convertiría en el éxito más grande de toda su carrera: número uno en 12 países.La década siguiente la encontró otra vez en la cima, y también, por primera vez de manera explícita, cerca de la política: se mostró comprometida con la figura del entonces flamante presidente François Mitterrand, un apoyo que definió más como un gesto de amistad que como una militancia partidaria, pero que igual le costó críticas duras y algún que otro costo profesional. Los ochenta y la caídaEn 1981 se convirtió en la primera mujer en recibir un disco de diamante por la cantidad de copias vendidas: a lo largo de su carrera llegaría a vender alrededor de 140 millones de discos en todo el mundo, grabados en más de diez idiomas.En 1983 grabó un álbum en el que aparecían canciones como “Mourir sur scène” y “Lucas”. El 20 de julio de ese año otro golpe volvió a desestabilizarla: Richard Chanfray se suicidó en Saint-Tropez. Dalida quedó muy afectada por la muerte de su antiguo compañero, y quienes la rodeaban empezaron a notar un descenso anímico sostenido, una baja de tono que ya no la abandonaría del todo.Fue en ese contexto de erosión lenta que, en 1985, viajó a Egipto para filmar El sexto día, del director Youssef Chahine; la experiencia le trajo elogios de la crítica y, al mismo tiempo, la reconectó con recuerdos de infancia que, según coinciden sus biógrafos y amigos cercanos como el productor Max Guazzini, la afectaron profundamente en sus últimos meses de vida.“Les traigo mala suerte a los hombres que amo”, decía la cantante a su círculo cercanoLos duelos sucesivos la llevaron a una frase que repitió más de una vez frente a su círculo cercano y que quedó registrada en varias biografías posteriores: “Les traigo mala suerte a los hombres que amo”. En un reportaje de los años 60 había definido de otra manera esa misma distancia entre lo público y lo privado: “Mi marido es el público, las canciones son mis hijos”, y agregó, sobre su relación con la propia vida, una frase que hoy se lee con un peso distinto: “Atravesé la vida sin mirarla”. La diva junto a Alain Delon El 2 de mayo de 1987 le dijo a su entorno que iba a ver una obra de teatro y que después cenaría con un amigo; la cena nunca se confirmó. Pasó sola esa noche en su casa de la rue d’Orchampt, y a la mañana siguiente la encontraron muerta.El funeral, el 7 de mayo de 1987 en la iglesia de la Madeleine, reunió a buena parte de esa constelación: Delon, Aznavour, Brigitte Bardot, Charles Trenet, Julio Iglesias, Johnny Hallyday, Line Renaud y Serge Gainsbourg, entre otros, además del presidente Mitterrand.BiografíasPersonajes que hicieron historiaMúsica
Dalida: la trágica historia de la diva europea que cantó en diez idiomas y no encontró ninguno para pedir ayuda
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