Cuando los productores llegaron a su escuela para un casting infantil, salió disparado al baño y se escondió.Salvatore "Totó" Cascio creyó que se trataba de una nueva campaña de vacunación y que iban a pincharlo, pero la maestra lo encontró acurrucado y le explicó con dulzura: "Tranquilo, bambino, simplemente te van a tomar una foto".Apenas pasaba el metro de estatura, tenía ocho años y se cruzó con los ojos "como de escáner" de la hermana del director Giuseppe Tornatore. El milagro ocurrió y fue elegido para Cinema Paradiso, lo que lo convirtió en uno de los niños más famoso de la cinematografía mundial.No había visitado un cine hasta entonces y le propusieron jugar ante cámaras, entre melodías demoledoras de Ennio Morricone y proyectores. No imaginaba que aquel protagónico le valdría la ovación adulta, un premio BAFTA en Londres en el rubro reparto (que le ganó a Al Pacino) y recompensas del estilo ocho viajes a Japón.Todo marchaba maravillosamente, Tornatore volvió a convocarlo para acompañar luego a Marcelo Mastroianni (Stano tutti bene), pero la vida adolescente de este siciliano nacido en Palazzo Adriano, Palermo, se oscureció y lo alejó de la industria sin que el público pudiera entender por qué se lo había tragado la Tierra.Hace unos años, cuando la tristeza dejó de supurar, se convirtió en conferencista motivacional, en orador especialista en resiliencia que no intenta proponer cómo vivir, apenas contar cómo se levantó sin compadecerse. Desde Italia, Totó ahora se anima a revolver en viejas heridas, que fueron parte de su libro autobiográfico, La gloria e la prova: il mio Nuovo Cinema Paradiso 2.0."No pasa un día sin que piense en Cinema Paradiso. Cambió mi vida. Ganó en Cannes, ganó el Globo de Oro y el Oscar. Viajé por el mundo", se entusiasma a los 46, desde su pueblo, entre arquitectura árabe, normanda y barroca.-¿Pero tuvo también su parte negativa en plena infancia?-Quizá cuando comenzaron los problemas en mis ojos. Me sentía atrapado en el personaje de Totó, que era brillante y espontáneo. Sufro retinitis pigmentosa con edema y el perder la visión bajó mi autoestima. Tenía miedo de que la gente esperara siempre a ese niño. En la adolescencia era muy tímido, no aceptaba mi problema.-¿Por eso abandonaste una prometedora carrera?-Sí, no lo aceptaba y me cerré. Después escribí mi libro, lo compartí, y cambió todo. Hoy viajo mucho, además de presentar mi libro, hablo de retinitis pigmentaria y de la discapacidad. Me siento seguro. Creo que hay un diseño divino. Es fácil aceptar la gloria, pero también hay que aceptar la prueba.-Te sostiene una gran fe...-Sí. Creo en Dios y en la Virgen. Pedir ayuda no es vergonzoso. Es un acto de valentía. Cuando no puedes solo, pedir ayuda es la luz al final del túnel. El gran empujón final vino de Andrea Bocelli, quien hizo el epílogo de mi libro. Él me dijo una frase: 'Ser ciego no es una desgracia'. Fueron palabras iluminadas. Cuando no te aceptas, llevas dentro al adversario más feroz.El fracaso que se volvió hitUna de las historias más bellas del cine italiano estuvo a punto de no estrenarse en 1988. Pocos productores confiaban entonces en el joven Tornatore y en su cuento hipernostálgico sobre Salvatore (en la piel de Marco Leonardi de adolescente y de Jacques Perrin de adulto), aquel cineasta que se enteraba de la muerte de Alfredo (Philippe Noiret), el viejo proyeccionista del cine de su pueblo siciliano y evocaba de modo lacrimógeno aquel vínculo paternal.Con su proyecto bajo el brazo, Tornatore golpeó puertas y sufrió varios desencantos, hasta que apareció el productor Franco Cristaldi para apoyar la idea. El rodaje fue viento en popa, pero el director insistió en que la versión final debía durar dos horas y 52 minutos, a lo que Cristaldi se negó enojado. Finalmente, Tornatore aceptó cortar el filme para que llegara a dos horas y 22 minutos, aunque terminó irritado por el cambio.Al principio, la cinta fue un fracaso. Logró escasos espectadores y amagó con pasar sin pena ni gloria, pero la presentación en Cannes y otro tijeretazo (un corte a dos horas de película) la disparó a la estratósfera. Tornatore tuvo se revancha en 2002 al presentar la versión extendida (la original). "Los casting de entonces no eran como los de hoy. Para la película se tomaron fotos a muchos niños del pueblo. Yo ya usaba anteojos y, al principio, no gusté", detalla Totó. "Tampoco gustaron los otros niños. Un día Tornatore volvió a mirar mi foto y pidió que me fotografiaran sin gafas. Cuando vio esa imagen le gusté y quiso conocerme. No fue un verdadero casting, solo una charla. Hablamos libremente y ahí decidió elegirme"."Lo mejor para mí que era pequeño eran las pausas entre escenas. Me enseñaban los cantos de la Roma, o yo le contaba chistes a Tornatore. Había un clima familiar y alegre", evoca. "Nadie esperaba ese éxito, fue abrumador. Yo lo viví como un juego nuevo, con naturalidad. Ni mis padres ni Tornatore imaginaron el Oscar. Al principio la película fue una decepción, la criticaron mucho y dijeron que era larga".Paseos como invitado por Nueva York y Los Ángeles, publicidades con contratos exclusivos en Tokio. Lo inmediatamente posterior a "la bendición" cinematográfica de Peppuccio -como llamba a a Tornatore- fueron más "bendiciones". El golpe llegó en mayo de 1994, cuando los padres de Toto, que regenteaban un restaurante con gigantografías del filme, escucharon la "sentencia" médica e intentaron no desmoronarse para apuntalar a su hijo.La psicoterapia demoró en hacer su efecto, pero logró que el chico saliera lentamente "de una jaula, de un laberinto de miedos". En ese tramo decidió retirarse, "antes que tener que contar la verdad". La última película que aceptó fue en 1999, Il morso del serpente, dirigido por Luigi Parisi. En su libro habla del proceso de "dejar de ver un problema como un obstáculo insuperable para aceptarlo como una circunstancia de vida con la cual convivir" y de cómo tómo "las riendas": "Después de tantas lágrimas y tantos sacrificios, he logrado transformar esto en una condición".Luego de filmar para la RAI un corto en primera persona (A occhi aperti), el regreso a un protagónico será en septiembre: comenzará en Lombardía el rodaje de una historia dirigida por el chileno Francisco Campos López. Encarnará a un enólogo que es contratado en una de las bodegas paradisíacas de Franciacorta.Amigo de Tornatore todavía, Cascio coincide con esa percepción del cineasta siciliano que habla de las salas de cine como "un útero con líquido amniótico en el que suspendemos la conciencia" y en cuyas funciones "nacemos y morimos, social y colectivamente".Ese ex gurrumín que sueña con conocer Argentina y a la distancia se interesa por "Boca Juniors y por el tango", se impregnó en las retinas a pura inocencia. Su fuerza discursiva en un italiano encantador demuestra por qué es tan solicitado hoy en charlas, lejos del autocompadecimiento. "La enfermedad dejó un retazo de luz" y que esa lucecita tenue no es residuo de la anterior, sino una nueva forma de ver las cosas".
Cinema Paradiso: la reinvención del niño más famoso del cine
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