Fue el artista visual más popular de la Argentina porque su trabajo estaba, literalmente, colgado en todo el país. Fue, también, el más falsificado. Basta con ver una de sus obras para, instantáneamente, identificar un Molina Campos. Sin embargo, las huellas de Florencio, un dandy porteño que interpretó como nadie la cultura del campo argentino, son difíciles de encontrar en la Ciudad. Ahora, su figura se resignifica aún más al cumplirse los cien años de la exposición que dio origen a su fenomenal carrera como artista.El 21 de agosto de 1926, Florencio Molina Campos cumplió 35 años. Y ese día, también, se inauguró en la tradicional muestra de la Sociedad Rural Argentina en Palermo, otra personal: la de sus caricaturas de motivos gauchos.Hasta ese entonces, no se había definido como artista. Pero ese sábado de invierno iba a cambiar su vida.Diez días antes de esa exposición, le había salido un nombramiento en el Ministerio de Obras Públicas. El era empleado administrativo en las oficinas de la Sociedad Rural, y también manejaba negocios de hacienda de su familia.“Caminaba por la calle Florida. Era mundano, muy sociable, pero no artista”, lo define Gonzalo Giménez Molina, su único nieto, hijo de su hija y el guardián de su legado.En ese pequeño stand en La Rural, de un par de mesas, había expuesto algunas de sus caricaturas, dibujos que muchas veces hacía a instancias de sus compañeros de trabajo.Allí estaba Florencio cuando, finalizando su recorrida oficial por la muestra, el presidente Marcelo Torcuato Alvear se acercó al stand. Al primer mandatario le llamó la atención su trabajo y le dijo: “Cuando todo esto termine, venga a verme a mi despacho”.Molina Campos lo hizo. Y salió de la Casa Rosada con otro nombramiento: como profesor de dibujo en el Colegio Nacional Avellaneda, sin jamás haber estudiado artes plásticas.“Eso le dio una gran proyección. Hizo una exposición en las galerías Witcomb, luego en Mar del Plata... Empezó a tomar envión”, cuenta Gonzalo.Hasta que en 1931 llegaron los almanaques de Alpargatas. A lo largo de dos décadas, el artista hizo 144 diseños repartidos en 12 almanaques anuales.La empresa, un gigante en esa época, los entregaba a sus distribuidores en el interior del país, que a su vez luego los regalaban a sus clientes. Una estrategia de marketing pionera. Los cuadros de Molina Campos recorrieron cada rincón del país y cada uno estaba 30 días en las paredes de las casas, lo que le dio una gran popularidad. Y, también, su sello distintivo.“Mi abuelo no era un pintor de cuadros. El amaba el campo y tenía una profunda memoria. Era muy detallista: los cuadros hay que mirarlos con lupa, tienen muchos detalles. Y transmiten valores: no es que pinta paisanitos domando caballos”, resalta Giménez Molina.Da un ejemplo: “Que los paisanos tengan la bombacha rota y zurcida hablan de que es gente de trabajo que se preocupa por estar prolija. No andaban con la ropa rota: siempre bien vestidos, con ropa gastada, pero nunca rota. Mi abuelo estaba muy atento a todo lo que tenía que ver con la educación”.Si bien no lo conoció (“Mi abuelo no me esperó”, dice, porque murió en 1959, tres años antes de su nacimiento) Gonzalo cree saber por qué el pintor abrazó este estilo: qué fue lo que lo movilizó para contar el campo argentino de la manera en que eligió contarlo.“De chico, pasaba sus vacaciones con sus ocho hermanos en una estancia de su abuelo en la zona de General Lavalle. Le gustaba el campo. Se casó con mi abuela, nació mi madre y a los pocos años se separó de mi abuela, lo que fue muy traumático porque no era habitual un divorcio en ese época. Y previo a divorciarse, se fue a administrar unos quebrachales que había heredado mi abuela en el Chaco santiagueño”, repasa la historia familiar.Ahí, cree él, algo cambió. Siempre había conocido “lo lindo de los paisanos como hijo o nieto de los patrones, pero cuando fue a los quebrachales padeció en carne propia lo que era estar del otro lado de la vereda, la crudeza de la vida rural rústica”.Allí vivió en un rancho que había construido con su hermano. Y escribió una carta en la que cuenta alguna de las penurias que pasaron: cuando volvían de trabajar, en lugar de acostarse a dormir se tenían que poner a sacudir todo para sacar las vinchucas.“Imagino que ahí hizo un click hacia una visión más terrenal y humana de lo que vivían los paisanos con los que él convivía en las tareas rurales”, teoriza el nieto.Esta cercanía, esa humanidad, y también el humor hicieron de Molina Campos una figura destacada de las artes plásticas locales y un referente de los centros tradicionalistas, que todavía hoy utilizan sus obras para dirimir cuestiones en sus competencias. Si hay alguna duda, por ejemplo, con los aperos de un caballo, lo dan por válido si está en un cuadro de Molina Campos. “Ese es el rigor histórico de sus pinturas”, dice Gonzalo, y destaca que su abuelo pintaba todo de memoria, nunca utilizando modelos vivos.Estima que se hicieron 15 millones de almanaques. Pero el contrato de Alpargatas le exigía exclusividad. Cuando lo terminó, se fue a Estados Unidos, donde dibujó otros 50 millones para una empresa de maquinaria. Allí también hico programas de radio para el habla hispana, que llegaban a todo el mundo. “Como ahora existe Internet, antes era la onda corta: él hablaba como paisano y contaba las tradiciones argentinas”, describe.En el país del norte, además, entabló relación con Walt Disney (trabajó como asesor técnico en sus estudios), y cuando el dibujante vino a la Argentina lo recibió en su "rancho", la casa que tenía en Moreno. Allí Walt comió las familiarmente famosas empanadas de las hermanas de Florencio, una receta que Gonzalo acercó al bar Lavalle, donde ahora se las puede probar. La empanada se prepara con carne y pasas de uva, sin huevo ni aceitunas, y una vez cocidas se termina con almíbar.Este bar notable es uno de los pocos espacios donde Molina Campos vive en Buenos Aires. En el solar que ocupaba esa esquina nació el pintor en 1891, y en 2024 la Legislatura puso una placa para recordarlo. Allí, entre las mesas y los clientes, los dueños del bar le dedicaron un rincón especial al artista, con fotos y sus famosos almanaques. El otro Molina Campos porteño es el mural que está en la estación Constitución. En realidad son tres reproducciones en mayólicas de las imágenes típicas de sus almanaques camperos, que colocó la empresa concesionaria en 1998.El nieto lamenta que no haya obra exhibida de manera permanente “ni en el Museo de Bellas Artes, ni en el José Hernández, en ninguna institución oficial. Hemos hecho gestiones con todo el mundo y nunca logramos que levantaran el guante”.Los trabajos de Molina Campos sí están hoy exhibidos en el Museo Las Lilas en San Antonio de Areco y en la casa-museo de Moreno. Y el 21 de octubre se va a inaugurar en el Palacio Libertad una muestra inmersiva en homenaje por el centenario de la primera exhibición y habrá una sala en la que se expondrá su obra. Allí, cuando se llamaba CCK, hubo una retrospectiva con 40 piezas en 2023.“Mi abuelo fue mucho más que un mero dibujante de almanaques. No era un paisano, y por eso mismo pudo rescatar todos esos detalles que le llamaban la atención. Su historia muestra que cualquier chico puede ser artista... y que no hay edad para que te toque la varita mágica”, dice Gonzalo.AS
Cien años de Molina Campos: el dandy porteño que se convirtió en el popular artista del campo y los únicos dos lugares donde está su huella en la Ciudad
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