De niño fue 14 veces al cine en un mes para ver la misma película: La novicia rebelde. Tan fascinado quedó con ese cuento de celuloide en los Alpes austríacos, que sentenció: “¡Yo quiero ser eso!”. Su padre -preocupadísimo- se preguntaba: ¿Pero qué quiere este chico?¿Ser novicia?”.No imagina Julie Andrews que a millas de las montañas de Salzburgo su Fräulein María sería la semilla para parir a un teatrista. Que embelesado por esa fantasía, el pibe de Mataderos pasaría primero por el rubro exhibición de cine para luego devenir en empresario y en rescatista de salas teatrales. También desconoce ella que Rottemberg -doble T- se transformó en hombre del otro FMI. Del Fondo de Marquesinas e Intérpretes.A propósito del nuevo libro de C.R, Pasen y lean, con motivo de su medio siglo en la actividad (Editorial Losada), el texto podría dar paso tranquilamente a una biopic sobre un soñador que de niño va a los teatros y se voltea continuamente a contar los espectadores. Un obsesivo que convivirá entre egos insoportables, Excel, bordereau y al que desde hace 50 años le vaticinan un “apocalipsis teatral”, por inflación, por exceso de televisión, por Gripe A, por Covid, por Tik Tok...Rottemberg viene del olor a curtiembre, de la rigidez del cuero moldeado por su padre en el patio de casa, hito doméstico que dio paso al ascenso social. Es una rara avis que en una atmósfera de pellejos absorbió esa lógica entre industrial y artesanal para trasladarla a un negocio intangible, una mercancía que no existe, que no es palpable: el pacto ese entre espectador y artista que establece que consensuarán un tiempo de mentiras.Entre bueyes perdidos, Rottemberg admite pecados de juventud, como haberle dicho a Beatriz Bonnet y Juan Carlos Dual, los primeros dos actores “de carne y hueso” a los que conoció, que prefería trabajar con “artistas enlatados”.En su libro da tips que sorprenden: ¿Cómo calcular el valor equitativo de una entrada de teatro? Sigue apoyándose en pintorescas y viejas fórmulas como esa que indica que “el precio de una comedia debe equivaler a 15 cafés”.Hay capítulos de esa vida que son odas al romanticismo vocacional y al espíritu Cinema paradiso. Habla del metier de vender la entrada a una dimensión paralela en la que lo que se cuenta no es cierto, pero a nadie le importa. Es una suerte de especulador emocional, “productor de posibilidades” que se jacta de “poner en juego algo para que otro algo exista”. Gestiona lo abstracto, comercializa lo que será un futuro estado de ánimo. Y no piensa cambiar su metodología de firma: mantener el código de apoyar el pulgar entintado en un papel, a modo de contrato.Directivo de ese FMI sin moneda de reserva, Carlos dedica sus días a una tarea tal vez más compleja que la de Kristalina Georgieva: conseguir que la gente siga creyendo que vale la pena reunirse físicamente para mirar a desconocidos que fingen.
Carlos Rottemberg, el hombre del FMI
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