Dos adolescentes suben a un vehículo sin conductor a pesar de que la plataforma exige la presencia de un adulto. Empiezan a tomar alcohol y a disparar una pistola de balines a través de las ventanillas. Un operador humano de la empresa ve la transmisión en vivo, detecta lo que parece un arma de fuego real y alerta a la policía.El centro de control de la propietaria del auto lo estaciona remotamente y a través del sistema de audio les notifica que el vehículo experimenta fallas mecánicas. Los menores esperan que el auto “se repare”. Llega la policía y los detiene para ser entregados a sus padres. Este hecho que hasta hace poco parecía una escena de ciencia ficción ocurrió en julio pasado con un robotaxi en California.Durante los últimos años convivimos con una inteligencia artificial que habita detrás de una pantalla. Hoy sale de los píxeles para interactuar cada vez más con nosotros. Es lo que se conoce como IA física, sistemas de nuestra cotidianeidad capaces no solo de procesar información, sino también de percibir lo que sucede a su alrededor, interpretar y decidir cómo y cuándo actuar sobre el entorno. Para hacerlo combinan cámaras, sensores, algoritmos y dispositivos mecánicos capaces de ejecutar decisiones en el mundo real. Representa un cambio en nuestra relación con los objetos.La ciudad comienza a comportarse también como un organismo inteligente. Semáforos que analizan en tiempo real el flujo de vehículos y peatones. Redes de tránsito donde vehículos intercambian información con otros y con la infraestructura urbana para reducir congestionamientos, accidentes y consumo de energía.En sociedades que envejecen rápidamente y enfrentan una creciente demanda de cuidados, estas tecnologías se convertirán en herramientas importantes de asistencia y autonomía para el cuidado de las personas mayores.Heladeras que detectan la falta de determinados productos, sugieren una lista de compras y eventualmente realizan el pedido; robots domésticos que detectan si su propietario se ha caído, pide ayuda, recuerda horarios de medicación o acerca objetos; drones que entregan paquetes.Centros de distribución operados sin presencia humana. Brazos robóticos asistiendo cirujanos que se encuentran a kilómetros de distancia. Son ejemplos que se nos harán cotidianos puesto que la IA física ya ha alcanzado a distintos ámbitos de nuestra vida.Buena parte del debate sobre inteligencia artificial estuvo concentrado en los trabajadores de escritorio. Actualmente cambia la dimensión del problema. Ya no hablamos solamente de máquinas que producen información sino también acciones.El verdadero interrogante es qué sucede con las decisiones que implican consecuencias físicas sobre nosotros y nuestro entorno.Si una IA detrás de una pantalla se equivoca al redactar una respuesta, podemos ignorarla, corregirla o cerrar la aplicación. El error queda, en principio, contenido dentro del mundo digital pero si una máquina autónoma se equivoca en una situación en la calle, por ejemplo, el error puede convertirse en un accidente como ya ha sucedido.Debemos comenzar a preguntarnos qué sucede cuando una máquina interpreta incorrectamente la información que recibe, qué decisiones está autorizada a tomar, quién supervisa sus acciones y, sobre todo, quién responde cuando algo sale mal. ¿El fabricante, el programador, el propietario, la empresa que la comercializa o quienes diseñaron y gestionan sus sistemas autónomos?El problema adquiere una dimensión aún más compleja cuando las máquinas aprendan y tomen decisiones cuyos resultados ni siquiera sus propios creadores pueden anticipar por completo. Aunque cuenten con mecanismos de autocorrección y puedan operar con un alto grado de autonomía, carecen de responsabilidad moral y jurídica propia. No pueden asumir responsabilidad por sus actos del mismo modo que una persona o una empresa.Aunque la IA física pueda interpretar el entorno y ejecutar acciones sin intervención humana inmediata, eso no significa que tenga conciencia, voluntad propia o capacidad de comprender las consecuencias de sus actos.El desafío será aún mayor de autorizarse la creación de empresas no humanas. Cuando la cadena de decisiones autónomas se vuelva tan compleja, será imperativo establecer sus límites e identificar responsabilidades humanas.Son preguntas no solo jurídicas sino también éticas y, sobre todo, sociales.La inteligencia artificial está dejando de ser simplemente un interlocutor. La verdadera revolución que tenemos por delante ya no es solo que sea capaz de pensar como nosotros y aún mejor sino que progresivamente actúe con creciente autonomía en distintos ámbitos de nuestra cotidianeidad.Durante décadas imaginamos el futuro tecnológico con casas automatizadas, robots domésticos, vehículos capaces de desplazarse sin conductor y máquinas que resolvían buena parte de nuestras tareas cotidianas. La diferencia es que ahora ese futuro está a nuestras puertas.Los Supersónicos ya salieron de la pantalla.
Bienvenida a los Supersónicos: cuando la IA sale de la pantalla
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